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Japón necesita actualizar sus refugios para desastres

Los refugios japoneses presentan una situación precaria en comparación con los de otros países. En este artículo, un experto en la materia argumenta que Japón debe crear una agencia oficial especializada en la gestión de desastres y reformar drásticamente su sistema de ayuda en emergencias.

La ocurrencia de trombos vasculares va unida a las condiciones de vida

El número oficial de muertes relacionadas con desastres desde el Gran Terremoto de Hanshin-Awaji, en 1995, hasta el fin de la era Heisei, en 2018, asciende a unas 4.900, la mayoría de las cuales se produjeron en los refugios. Por muertes relacionadas con desastres se entiende aquellos fallecimientos causados por el agravamiento de enfermedades preexistentes o por el desgaste derivado de la vida en los refugios. Los datos indican, por tanto, que permanecer en los refugios tras las catástrofes constituye en sí mismo un desastre de gran escala.

Desde el Terremoto de Chūetsu, ocurrido en la prefectura de Niigata en 2004, investigo sobre el tromboembolismo pulmonar en personas que viven en refugios después de un desastre. Conocido popularmente como síndrome de la clase turista, el tromboembolismo pulmonar es una afección que consiste en la formación de trombos (coágulos de sangre) en las venas, que posteriormente llegan a las arterias de los pulmones. Al estar sentados durante horas en un lugar estrecho como los asientos de avión de la clase turista, se crean coágulos en las venas de las piernas. Si, cuando esto sucede, se permanece inmóvil, los trombos crecen, se dispersan, pasan por el corazón, alcanzan los pulmones y pueden resultar letales. En el Terremoto de Chūetsu, catorce personas sufrieron este problema por dormir en el coche y siete de ellas fallecieron. Este suceso hizo que el síndrome de la clase turista en zonas damnificadas pasase a considerarse como un grave problema social.

Con el recuerdo del Terremoto de Chūetsu todavía reciente, cuando se produjo el Terremoto de la bahía de la costa de Chūetsu, en 2007, casi nadie recurrió a refugiarse en los coches. Gracias a ello no se registró ni un solo caso de tromboembolismo pulmonar. Con todo, en aquella ocasión también hubo decesos relacionados con el desastre en los refugios. Aunque se utilizaron muchos refugios de distintos tipos, en todos ellos los evacuados dormían juntos en el suelo, sin camas individuales. En las ecografías de las venas de las piernas que efectué en varios refugios, detecté trombos en muchas de las víctimas alojadas en los refugios grandes, con capacidad para cien personas o más, cercanos al epicentro del terremoto. Un mes después del sismo, los afectados de trombos se habían multiplicado respecto a la primera semana, a pesar de que se llevaban a cabo iniciativas de prevención como hacer ejercicio físico y beber agua con frecuencia. De ahí concluí que no era posible prevenir los trombos en refugios donde todos duermen juntos en el suelo.

En el Terremoto del Interior de Iwate-Miyagi de 2008, descubrí que las condiciones de los refugios influían en la frecuencia de aparición de trombos. En un refugio en que, a pesar de dormir todos en el suelo, había particiones para familias con niños y familias con ancianos, y se trabajaba por dinamizar la comunicación con actividades como la preparación de mermelada de fresa, la ocurrencia de trombos era más reducida. Por el contrario, en un refugio cercano al centro de operaciones de emergencia donde reinaba el alboroto y todos dormían amontonados, los trombos eran mucho más comunes.

Un índice que desvela la relación entre las condiciones de los refugios y la salud

El Gran Terremoto del Este de Japón, ocurrido en 2011, causó daños a gran escala en un área muy extensa. Tras aquel desastre se usaron refugios en estados muy diversos, desde los que quedaron inundados de lodo por el tsunami, hasta los más alejados de la costa, que se mantuvieron en condiciones relativamente buenas. Las ecografías de las venas de las piernas que realicé a las víctimas revelaron que la ocurrencia de trombos era elevada en los refugios de zonas que habían quedado más dañadas por el tsunami, y descendía a medida que las instalaciones se alejaban del mar.

Decidí evaluar la situación de los refugios con un índice numérico para determinar la relación entre la ocurrencia de trombos y las condiciones de los refugios. Para ello me serví del “Índice de evaluación de la situación de los refugios de desastres de 2011” desarrollado por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, que tiene en cuenta 60 variables, como son las instalaciones, las zonas de juego infantil y la atención médica. Cuanto más se acerca a los sesenta puntos el refugio, mejores son sus condiciones.

El gráfico de abajo indica una presencia de trombos de más del 50 % en los refugios con 10 puntos en el índice de evaluación. En los que igualan o superan los 40 puntos, en cambio, la ocurrencia es del 10 % o menos. Los datos demuestran que, cuanto más alta es la puntuación, más baja la aparición de trombos. Es decir que resulta más difícil sufrir trombos en refugios con una mayor puntuación, que se hallan en mejores condiciones. Al analizar con más detalle el índice de los CDC, descubrimos que un buen nivel de aseos, comidas/cocina y camas resulta clave para garantizar la comodidad de las instalaciones.

Los refugios japoneses, más austeros que los de otros países

En 2012 fui a visitar los refugios donde se alojaban las víctimas de los terremotos del norte de Italia. Era el principio del verano y empezaba a apretar el calor. Cada familia refugiada contaba con una espaciosa carpa para ellos solos, equipada con aparatos de climatización y camas con colchones. Había una carpa enorme que se usaba como comedor, donde se ofrecía comida caliente preparada en la cocina, instalada en un contenedor. El campamento incluía también contenedores con aseos y duchas accesibles para sillas de ruedas.

En los refugios japoneses se da por sentado que todos duermen juntos en el suelo; muchas autoridades locales ni siquiera utilizan las camas de cartón que el Gobierno envía como artículos de emergencia a las zonas damnificadas. En cuanto a la comida, aunque ya no se recurre a las galletas marineras como antes, el menú suele consistir en onigiri (bolas de arroz) para el desayuno, bollería para el almuerzo y bentō (cajas de comida) frío para la cena. En Italia la mitad de la comida que se preparaba en los camiones restaurante se calentaba al baño María, prestando un cuidado especial para que no se enfriase. En Estados Unidos también se espera que en los refugios se cocine y se sirva comida caliente. Incluso en los campamentos de refugiados de la ONU se ofrece comida caliente como norma.

Lo primero es crear una agencia oficial para la gestión de desastres

¿Por qué presentan una calidad tan baja los refugios japoneses? Hay tres motivos que lo justifican. El primero es que Japón carece de una agencia oficial que se encargue de la gestión de desastres y dicha responsabilidad recae sobre los municipios. El segundo es la escasez de provisiones en reserva. El tercero es la falta de organizaciones profesionales de ayuda en desastres.

La ayuda en desastres de Japón solo se pone en marcha una vez se ha producido la catástrofe porque, ante la ausencia de una agencia oficial destinada a la gestión de este tipo de emergencias, los fondos públicos de ayuda se asignan únicamente cuando se cumplen los supuestos previstos por la Ley de Asistencia de Emergencia en Desastres. Además, como la Ley Básica de Gestión de Desastres dispone que “Los ayuntamientos son los que protegen la vida y el patrimonio de los ciudadanos”, los Gobiernos central y de las prefecturas no pueden prestar ayuda a menos que los ayuntamientos lo soliciten. Al no existir estándares de asistencia en desastres comunes para todo el país, surgen diferencias entre los ayuntamientos. A pesar de que las directrices de gestión de refugios de la Oficina del Gabinete recomiendan el uso de camas, en las inundaciones del oeste de Japón de julio de 2018 y en el tifón Hagibis de 2019, hubo municipios que no utilizaron las camas de cartón. Por otro lado, los ayuntamientos deben pasar por los Gobiernos prefecturales para pedir ayuda al Gobierno central, lo que alarga el proceso. Por último, como los desastres suelen afectar a la infraestructura de telecomunicaciones, la comunicación puede interrumpirse si hay anomalías en algún punto de la cadena de transmisión.

Municipios que piden a los refugiados que lleven comida, agua y mantas

La gestión de las provisiones de emergencia en Japón es competencia de los municipios. Se suele disponer de pocas existencias in situ porque la mayoría del material se envía cuando surge la necesidad. Este sistema, que implica establecer acuerdos con supermercados, transportistas y negocios afines para que den prioridad al suministro de productos en caso de desastre, ofrece las ventajas de reducir costes de almacenaje y evitar que la mercancía caduque. En Europa y Estados Unidos, la mayor parte de los víveres también se envían a las zonas damnificadas, pero cada región tiene una reserva de camas, tiendas, aseos y cocinas que cubre al 0,5 % de su población. Japón no cuenta con un sistema de almacenaje de este tipo, por lo que durante el tifón Hagibis de 2019, hubo municipios que pedían a los refugiados que llevaran comida, bebida y mantas a su refugio. Puesto que los tifones son desastres previsibles, resultaría lógico que los ayuntamientos se abastecieran previamente de existencias; sin embargo, situaciones como la del tifón Hagibis se producen porque la ley no estipula la necesidad de provisiones.

Los fabricantes que firman acuerdos para la ayuda en desastres lo hacen con múltiples ayuntamientos, por lo que existe un alto riesgo de que el suministro de provisiones se agote en catástrofes que afectan áreas muy extensas. Como las infraestructuras de transportes quedan interrumpidas o alteradas tras un desastre, además, resulta imposible facilitar la ayuda solo mediante acuerdos. Las prefecturas y los municipios no pueden extraer el presupuesto para provisiones del presupuesto general, así que es el Estado quien debe responsabilizarse de su abastecimiento. Es necesario asignar una partida presupuestaria para provisiones de emergencia antes de que se desate la crisis, y para ello es imprescindible contar con una agencia nacional dedicada a la gestión de desastres.

La necesidad imperiosa de un sistema de ayuda ajeno al funcionariado

En el sistema de organizaciones profesionales de ayuda en desastres de Europa y Estados Unidos, existe un registro nacional de personal debidamente preparado para afrontar desastres que, en caso de necesidad, ofrece sus competencias profesionales específicas. Los roles están claramente definidos: los cocineros profesionales se encargan de cocinar, los camioneros transportan las provisiones, etc. Los gastos de desplazamiento al producirse el desastre, los gastos de comidas y alojamiento durante la prestación de la ayuda y el importe del seguro de desastres se financian con fondos estatales. En Japón urge establecer un sistema de estas características, ya que no bastaría con el personal funcionario de las autoridades locales si ocurriera una debacle como un terremoto en el área metropolitana de Tokio o en la fosa de Nankai. Por otro lado, en los países occidentales, la asistencia a las víctimas se facilita generalmente a través de personal enviado desde fuera de las zonas damnificadas, ya que los funcionarios locales son también víctimas y, por motivos humanitarios, no deben constituir el principal recurso de ayuda. Debemos ser conscientes de que el hecho de que un funcionario local que ha perdido a su familia esté asistiendo a las víctimas no es una anécdota conmovedora, sino una violación de los derechos humanos.

A falta de un organismo oficial para la gestión de desastres, las medidas para prevenir catástrofes en situación normal recaen sobre los departamentos designados de los Gobiernos locales o sobre la Oficina del Gabinete. Sin embargo, como todos los funcionarios —incluidos los del Gobierno central— se trasladan de departamento por sistema cada tres años para avanzar en su carrera, los que se ocupan de la gestión de desastres se sustituyen periódicamente y su experiencia se pierde. Esto hace que los responsables a cargo no se sientan capaces de gestionar los refugios y se limiten a ceñirse estrictamente a los manuales. Urge crear un sistema en que los funcionarios encargados de la prevención de desastres puedan ascender de posición sin necesidad de cambiar de departamento y vayan acumulando experiencia. Para acabar con las muertes relacionadas con desastres en Japón, es imprescindible construir refugios confortables, que cuenten con buenas instalaciones de aseos, cocinas y camas. Para ello habrá que instituir una agencia nacional dedicada a la gestión de desastres y garantizar suficientes provisiones y entidades de ayuda para casos de emergencia.

Cortesía, www.nippon.com

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