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El miedo al contagio que los japoneses no deberían haber olvidado

A lo largo de su historia, los japoneses han tenido que enfrentarse numerosas veces a enfermedades infecciosas. La antigua costumbre de lanzar legumbres para espantar los malos espíritus cada 3 de febrero es una muestra de la forma en que esa lucha ha calado en su cultura.

Plegarias dirigidas al Gran Buda de Nara

Desde este mes de abril, en el templo Tōdaiji (Nara), famoso por su gran Buda sentado, todos los mediodías los monjes recitan sutras pidiendo a Buda que extermine sin tardanza el nuevo coronavirus. La impresionante estatua fue erigida en tiempos del emperador Shōmu, hace cerca de 1.300 años. Fue una época en que el país se veía azotado por terremotos, hambrunas y epidemias.

Aquellas plagas históricas fueron de viruela, una de las enfermedades contagiosas de origen vírico que más sufrimientos han ocasionado a la humanidad. Sus altas fiebres producían un elevado índice de mortalidad, dejando a los supervivientes característicos hoyos en la piel. Los tentáculos de la viruela llegaron también a la entonces capital de Heiankyō, donde los cuatro hermanos del clan Fujiwara que regían los destinos del país perecieron, quedando este sumido en el caos. Se dice que la viruela segó entre un millón y un millón y medio de vidas, lo que equivaldría a entre un 25 % y un 35 % de la población estimada para el Japón de la época. Fue esta sucesión de catástrofes lo que llevó al emperador Shōmu a ordenar en 743 que se le erigiera una gran estatua a Buda, cifrando en ella todas sus esperanzas de que el país recobrase la estabilidad perdida y de que su gente se viera libre de las epidemias.

Desde tiempos antiguos, las epidemias que azotan Japón se originan por lo general en el extranjero. De la de viruela que asoló Heiankyō se dice que llegó a bordo del barco en el que regresaba a Japón una embajada que había sido enviada al reino de Silla, en la península coreana.

Más de treinta cambios de era para ahuyentar las epidemias

El año pasado, Japón estrenó la era Reiwa. Antiguamente, no era raro que los cambios de era estuviesen ligados a las epidemias. Si hacemos un recuento histórico, veremos que Reiwa ocupa el lugar 248 entre todas las eras que se sucedieron a partir de Taika (645-650). De todos estos cambios de era, se estima que más de 100 fueron debidos al deseo de dejar atrás desastres naturales, guerras o epidemias, una cifra superior a la de las 74 ocasiones en que el cambio llegó a consecuencia del ascenso al trono de un nuevo emperador.

De las renovaciones forzadas por grandes crisis nacionales, más de 30 se debieron directamente a la mortandad causada por epidemias. La enfermedad que más frecuentemente se ensañó con Japón fue la viruela, seguida por el sarampión, que también viene acompañado de altas fiebres y sarpullidos por todo el cuerpo. En aquella época en que se desconocía la causa de tantas muertes y no existían tratamientos efectivos, los japoneses hacían lo único que estaba en sus manos: elevar sus plegarias y cambiar de era.

La costumbre de tirar legumbres y los fuegos artificiales del río Sumida

En la festividad estacional del Setsubun (3 de febrero), los japoneses siguen la costumbre de arrojar a su alrededor puñados de legumbres al grito de “Oni wa soto!” (“¡Fuera los demonios!”). Este rito tiene una profunda relación con las epidemias. Se cree que se originó hacia el año 1425, en el periodo de Muromachi (1336-1573). La palabra oni (demonio, ser maligno, ogro), servía también para designar todas las amenazas misteriosas e invisibles, entre ellas la de las plagas y desastres naturales. La espantosa figura del akaoni (“ogro rojo”), sería, según algunos estudiosos, la representación popular de un enfermo, con su rostro enrojecido por la fiebre y picado por la viruela u otra enfermedad infecciosa. Además, para proteger las casas, se coloca a su entrada una cabeza de sardina junto a una ramita de boj, artilugio que, supuestamente, disgusta a los oni. Los japoneses siguen haciéndolo todos los años para espantar al dios de las epidemias y pedir por la salud de toda la familia.

Detener la epidemia era, pues, el deseo de todos. Idéntico origen tienen los populares fuegos artificiales que iluminan las noches veraniegas de Tokio desde las riberas del río Sumida. El festival pirotécnico nació el año 1733, estando el país gobernado por Yoshimune, octavo shōgun del clan Tokugawa. Ese año se realizó en el barrio de Ryōgoku una gran fiesta, con la que se pretendía honrar las almas de los muertos dejados por la hambruna que azotaba vastas regiones de Japón y por una epidemia que hacía estragos en Edo (actual Tokio), y librar al país de todo mal. Los fuegos que se elevaron el día inicial son el origen del actual festival, según se explica en el sitio web del distrito de Sumida (Tokio). Valga decir que este año el festival ha sido suspendido, precisamente, por causa del nuevo coronavirus.

Los yamabushi arrojan legumbres sobre los oni el día de Setsubun en el Zaōdō del templo Kinpusenji (municipio de Yoshino, prefectura de Nara), declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad (3 de febrero de 2019). (Kyodo Press)
Los yamabushi arrojan legumbres sobre los oni el día de Setsubun en el Zaōdō del templo Kinpusenji (municipio de Yoshino, prefectura de Nara), declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad (3 de febrero de 2019). (Kyodo Press)

Cosas que regresan con el olvido

Los templos budistas y santuarios sintoístas de todo el país amparan celebraciones y tradiciones que nos transmiten los deseos que los japoneses vienen formulando desde tiempos remotos de quedar libres de las epidemias. Pero esos mismos japoneses para quienes las enfermedades infecciosas han supuesto una amenaza tan cercana, parecían haber olvidado lo terribles que pueden ser hasta que las estadísticas han empezado a mostrar un sostenido crecimiento de los contagios por el nuevo coronavirus.

“Con la propagación de las enfermedades infecciosas ocurre lo mismo que con los grandes terremotos. Aunque se sabe que su ocurrencia es cíclica, se desconoce cuándo y dónde harán su aparición. Como sentenció Terada Torahiko tan acertadamente, ‘aparecen cuando empezábamos a olvidarnos de ellos’. Mientras poblemos esta Tierra, nunca podremos librarnos de fenómenos como los terremotos o las infecciones”. Son palabras de Ishi Hiroyuki (79 años), periodista especializado en temas medioambientales y autor de Kansenshō no sekaishi (“Historia mundial de las enfermedades infecciosas”, editorial Yōsensha).

El dengue en el corazón de Tokio, 70 años después

Ishi Hiroyuki
Ishi Hiroyuki: Periodista especializado en temas medioambientales y medioambientalista. Después de trabajar como reportero para el periódico Asahi Shimbun, fue asesor senior del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, profesor de posgrado en las universidades de Tokio y Hokkaidō, y embajador de Japón en Zambia. Es autor de numerosas obras, entre ellas Chikyū kankyō hōkoku (“Informe medioambiental global”; Iwanami Shoten), Watashi no chikyū henreki: Kankyō hakai no genba wo motomete (“Mi periplo a la búsqueda de la destrucción medioambiental”, Kōdansha), etc. En nippon.com ha publicado la serie Nihon no shizen: Hakai to saisei no hanseiki (“La naturaleza de Japón: Medio siglo de destrucción y regeneración”).

El último caso de una enfermedad infecciosa ocurrió durante el verano de 2014. El primer paciente, que había sido picado por mosquitos en el parque de Yoyogi en Tokio, fue diagnosticado de dengue tras presentar fiebre cercana a los 40 grados y dolores por todo el cuerpo. El dengue es, en su origen, una enfermedad propia de las regiones calurosas del Sudeste Asiático que ya había presentado brotes en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, cuando fue portada por soldados que volvían de los frentes del sur. Habían pasado, pues, unos 70 años desde su anterior aparición. Los infectados del brote de 2014 fueron subiendo en número hasta llegar a los 160 en dos meses, tras lo cual el brote se extinguió. El dengue lo transmiten especies como el mosquito tigre (Aedes albopictus) o el mosquito del dengue (Aedes ægypti) y el brote de 2014 era una prueba de que la penetración en Japón de enfermedades infecciosas propias de otras latitudes resultaba ya inevitable.

Antes del revuelo causado por el dengue, habían ocurrido en el mundo otras dos epidemias causadas por coronavirus: el SARS (siglas inglesas del síndrome respiratorio agudo grave, 2002-2003) y el MERS (síndrome respiratorio de Oriente Medio, 2012). Pero Japón se había mantenido indemne en ambos casos. El brote de dengue se extinguió también rápidamente. Después de esta serie de golpes de suerte, Japón oyó las primeras noticias de la explosiva propagación de una nueva forma de coronavirus en China sin demasiada inquietud, confiado en que también en esta ocasión quedaría a salvo. Es innegable que en los primeros compases se pecó de excesiva confianza.

“De los anteriores casos, Japón no ha aprendido demasiado, así que contamos con pocas experiencias aprovechables”, señala Ishi. Esa carencia se mostró también en el tratamiento que se le dio al contagio masivo ocurrido en el crucero Diamond Princess. En los últimos 10 años han ocurrido en el mundo 110 casos similares en cruceros, pero Japón no estaba suficientemente prevenido al respecto.

Personal del parque municipal de Yoyogi (Shibuya-ku, Tokio) coloca carteles que anuncian el cierre del parque tras la detección en el mismo de mosquitos transmisores del dengue (4 de septiembre de 2014). (Jiji Press)
Personal del parque municipal de Yoyogi (Shibuya-ku, Tokio) coloca carteles que anuncian el cierre del parque tras la detección en el mismo de mosquitos transmisores del dengue (4 de septiembre de 2014). (Jiji Press)

El Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas, en horas bajas

Con la vista puesta en los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Tokio, el Gobierno viene promoviendo la imagen de Japón como destino turístico y ha desplegado un plan para conseguir elevar el número de visitantes extranjeros hasta los 40 millones anuales. Salta a la vista que un crecimiento semejante implica un mayor riesgo de que infecciones como la del nuevo coronavirus afecten al país.

Sin embargo, la asignación de personal y presupuesto al Instituto Nacional de Enfermedades Contagiosas, que es la entidad nuclear en la lucha contra las epidemias, ha seguido durante los últimos 10 años una línea descendente. Frente a sus cerca de 300 investigadores y a sus aproximadamente 8.000 millones de yenes anuales que recibe, la entidad correspondiente en los Estados Unidos, que son los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) superan ampliamente los 10.000 investigadores y cuentan con un presupuesto anual de más de 800.000 millones de yenes, con los que realizan una amplia gama de actividades, desde recogida de información hasta difusión de la misma entre la ciudadanía, teniendo también competencia en inspección y cuarentenas.

Como ha quedado de manifiesto esta vez, el instituto japonés no está capacitado por realizar una gran cantidad de pruebas en un corto periodo de tiempo. No son pocos los especialistas que reclaman que se establezca a toda prisa un nuevo organismo, con las necesarias dotaciones de instalaciones, equipo y personal, que sirva de cuartel general para el control de enfermedades infecciosas.

El país más envejecido del mundo puede ser pasto de los virus

En la anterior entrega de esta serie de artículos me refería al hecho de que la concentración de la población mundial en las zonas urbanas con altas densidades está acelerando la difusión de las enfermedades infecciosas. En Japón la tendencia de la población a concentrarse en Tokio, Osaka y el resto de las áreas urbanas es más que evidente. Pero Japón carga, además, con otro problema más específicamente japonés: el envejecimiento de su sociedad, apartado en el cual encabeza el ranking mundial. El nuevo coronavirus releva, una vez más, que las personas de edad avanzada son las más vulnerables a los virus patógenos. “Los seres humanos venimos construyendo un entorno que favorece la difusión de enfermedades, pero la concentración geográfica de la población japonesa y su envejecimiento, sin parangón en la historia, son el caldo de cultivo perfecto para las infecciosas”, alerta Ishi.

La extensión de una enfermedad infecciosa podría coincidir fatalmente, además, con alguno de los muchos desastres naturales que se prevén para los próximos años. El panorama que nos sirve la imaginación no podía ser más escalofriante. Y para proteger nuestra sociedad de estos grandes peligros, los desafíos que se nos presentan son incontables.

Cortesía, www.nippon.com

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