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El ‘Man’yōshū’ y la era Reiwa: el ciruelo, una especie venida de fuera

El nombre de la nueva era, Reiwa, ha sido extraído del prólogo o comentario de un grupo de poemas dedicados a la contemplación de la flor del ciruelo, que aparece dentro del antiquísimo poemario Man’yōshū. Presentamos aquí uno de esos poemas.

Uno de los poemas de la autora Ōtomo no Sakanoue no Iratsume, el número 1.656 del Libro VIII del poemario Man’yōshū, dice:

Sakazuki ni
Ume no hana ukabe
Omou dochi
Nomite no nochi wa
Chirinu tomo yoshi

Que en japonés moderno equivaldría a

Sakazuki ni
Ume no hana wo ukabe
Kigokoro no shireta nakama-tachi to
Nonda ato wa
Hana wa chitte shimatte mo kamawanai!

(¡Qué más da si se deshoja
la flor del ciruelo
si se ha estado bebiendo sake
con pétalos en la copa
con amigos de confianza!)

En primer lugar, debemos acotar que el ciruelo era una especie arbórea importada del continente; por ende el ideograma con el que se representa es pronunciado en mandarín moderno méi. Los japoneses lo pronunciaron desdoblándolo en dos sílabas: “u” y “me”.

Aunque hay otra variedad de flores rosadas, en aquella época la única que llegó a Japón fue la de flores blancas. Probablemente, se importase para utilizar sus frutos como alimento o medicina, pero a partir de la década del 730 los nobles se peleaban por estos decorativos árboles para colocarlos en los jardines de sus mansiones y disfrutar de su contemplación. Lógicamente, eran sus flores lo que les llamaba la atención.

También en la mansión de Ōtomo no Tabito (665-731), que fue destinado al dazaifu o centro político-administrativo de la isla que Kyūshū, había ciruelos y se celebraban banquetes durante el periodo de floración. Los dos signos de Reiwa, nombre de la nueva era, han sido extraídos del prólogo o comentario que precede al grupo de 32 poemas que toman como tema aquellos banquetes.

La autora del poema arriba consignado, cuyas fechas de nacimiento y muerte se desconocen aunque debió de vivir en la primera mitad del siglo VIII, se sitúa a sí misma en el apogeo de una de aquellas amenas fiestas campestres. Su poema rezuma ilusión y gozo por aquel momento vivido. Está siendo un hanami insuperable, así que… ¡qué importa si se deshoja la flor después de haber bebido! El poema canta lo magnífico de la ocasión. Que el árbol pierda después sus flores no es algo que la preocupe. Así dice.

El atractivo del poema es el desenfado un tanto egoísta con el que se expresa su autora, pero el peso se pone, ante todo, en lo gozoso del momento y eso es lo que importa. Y después, que sea lo que Dios quiera.

Artículo cortesía, www.nippon.com

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